LÍNEAS DE APROXIMACIÓN A UNA GENEALOGÍA GUARIQUEÑA EN EL BAJO APURE A FINALES DEL SIGLO XIX Y
COMIENZOS DEL XX: FAMILIAS ÁLVAREZ, DÍAZ, HERNANDEZ, HURTADO, MIRABAL, MUJICA, PALACIO, PÉREZ, RODRÍGUEZ,
VISO…
PONENCIA ante EL VIII ENCUENTRO
DE CRONISTAS E HISTORIADORES DE VENEZUELA EN CALABOZO, en homenaje a la
ORQUESTA INFANTIL Y JUVENIL "ANTONIO ESTÉVEZ" de Calabozo, con motivo
de arribar a su XX Aniversario de Fundación (Días sábado 20 y domingo 21 de
septiembre 2014).
“Pueblo que no sabe su historia
es pueblo condenado a irrevocable muerte; pueden producir brillantez
individualidades aisladas, rasgos de pasión, de ingenio y hasta de genio y
serán como relámpagos que acrecenta mas y
más la lobreguez de la noche”
(M. Menéndez y Pelayo).
Trazar líneas genealógicas en un pueblo
como el llanero apureño es tarea bastante complicada, debido a múltiples
razones: inexistencia o desorganización de archivos que conserven el acervo
documental regional, poca costumbre de registrar civil y eclesiásticamente las
uniones matrimoniales, ignorancia o desmemoria en los integrantes de las
familias habitantes de la región, carencia de bibliografía que trate el tema y
otras tantas fallas. Además, hay que tener en cuenta que en el caso de las pocas
familias de origen esclavo aparecen registradas con el apellido de sus dueños; y, en el caso de la población indígena, al cristianizarse
perdían sus nombres originales, adoptando en muchas ocasiones los nombres y
apellidos de sus padrinos de origen europeo (casos muy frecuentes en Apure por
su alto índice de población autóctona). La única ciudad apureña que puede
esgrimir un Acta de Fundación, de acuerdo con los cánones hispanos, es San
Fernando de Apure; las demás eran antiguas comunidades indígenas organizadas a
la manera europea por los misioneros evangelizadores.
De allí que este
ensayo, producto de la investigación que realiza el autor, desde hace varios
años, sobre el devenir socio-histórico de la población de El Yagual,
en el Bajo Apure, a orillas del río Arauca y escenario de una de las más
famosas proezas del general José Antonio Páez contra las tropas realistas
durante la Guerra de Independencia Nacional, puede contener, y doy por
descontado que es así, una serie de vacíos y errores (la línea genealógica sólo
se ha establecido con relación a la población criolla de origen europeo, porque
era la que quedaba inscrita en los
libros llevados por la Iglesia Católica o el Registro Civil). De aquí la idea
es enriquecer su contenido con los aportes que reciba de quienes lean el ensayo y conozcan mejor sobre este
tema genealógico.
Nuestra exploración, en el campo
demográfico, nos ha conducido a observar que Venezuela y los Llanos fueron
ocupados originalmente por grupos étnicos de diferentes procedencias, que en
nuestro caso se manifiesta en pueblos achaguas
(arawacos), caribes, otomacos, yaruros (pumé), entre otros tantos que tomaron el territorio llanero
apureño como escenario de sus correrías. Podría decirse que ese deambular
comenzó su declive en Apure hacia
mediados del siglo XVIII, cuando comienza la invasión europea de manera
sistemática, que organiza las
comunidades indígenas bajo los patrones urbanos hispanos.
Cuando a la Aristocracia Territorial
Caraqueña de la época colonial, con fuerte asiento en Calabozo, le fue quedando
estrecha la inmensidad llanera de la región centro-norte de Venezuela,
tendieron su vista hacia el sur, más allá, hacia “la otra banda del Apure”, que consideraron tierras “inexploradas” por los europeos, pues los
límites de la Provincia de Caracas, por el sur, llegaban hasta la margen
izquierda del Apure, donde hoy se asienta Puerto Miranda, Municipio Camaguán,
Estado Guárico; sin tomar en cuenta que estos espacios correspondían a otra
entidad político – territorial (Provincia de Maracaibo, primero, y luego
Provincia de Barinas, de 1786 en adelante) comenzaron su invasión a las tierras
comprendidas entre el Apure y el Meta: “…antes
del año de mil setecientos cincuenta y ocho emprendieron a su propia costa y
con riesgo evidente de sus vidas y haciendo la pacificación y descubrimiento
de las tierras del otro lado del Apure, así a la parte del Orinoco los
que no se había pisado hasta entonces por español alguno”. AGI.
Caracas, 399: 34v – 35 (Botello, 1998: 14).
Pero antes de la llegada de los
misioneros capuchinos andaluces, los pobladores de estas tierras eran
catequizados por misioneros jesuitas, venidos del Virreinato de Santa Fe, que
establecieron hatos y pueblos de misión a orillas de los ríos Orinoco,
Capanaparo, Sinaruco y Meta, presentes hasta el momento de su expulsión de todo
el Imperio Español por Carlos III, en
1767. Aquí se observa fácilmente la falaz argumentación de los voraces “terracogientes” coloniales, entre
quienes destacan Mier y Terán, Domínguez, Blanco y Ponte, Camacho, Gamarra,
Hurtado, Marrero, Mirabal, Rodríguez…,
quienes se valen de sus influencias políticas, religiosas y socioeconómicas
para darle cierto aspecto de legalidad a la usurpación que realizan en el Apure
de entonces. Cuando se crea la Provincia de Barinas (por Real Cédula del
15/02/1786), que abarcaba también el
territorio apureño, se inician los conflictos.
Es deducible que el primer comandante
militar y gobernador de la nueva entidad provincial, don Fernando Miyares
González, funda la villa de San Fernando de Apure (Acta del 28/02/1788), con el
propósito de contener los desafueros de los terratenientes caraqueños, además
de controlar el comercio fluvial ilegal que realizaban ingleses, franceses y holandeses
hacia Guayana y las Antillas. Sin embargo, los Mier y Terán y Domínguez
pretendieron en varias oportunidades desalojar a los sanfernandinos de sus
tierras, asentados legalmente y poseían, incluso, una cédula real que le daba
la categoría de villa a la comunidad recién establecida.
Como es de observar, entre los primeros
que incursionan en las tierras de “la
Otra Banda del Apure” están prominentes figuras de la élite caraqueña,
que instalaron sus bases inicialmente en
San Sebastián de los Reyes, para luego incursionar hacia San Carlos de Austria,
Guanare y Calabozo, donde sentaron sus reales. Para ir más allá de sus límites
tradicionales y legales, idearon establecer una punta de playa en las cercanías
del Apure y fundaron la Villa de San Jaime, en jurisdicción barinesa, por lo
que tuvieron que afrontar varios conflictos con el cabildo de Barinas. “En su mayoría procedentes de Calabozo, un
considerable número de estos criadores eran a su vez amos de hato en otros
partidos de los Llanos” (Rodríguez Mirabal, 1995: 18); pues, como dice
nuestra recordada amiga y compañera de vicisitudes Irma Mendoza (2008): “Los Blanco Criollos monopolizan la
propiedad de la tierra mediante la ocupación o transacciones de compra –
venta”.
Los pleitos con estos terratenientes
coloniales terminaron en 1811, cuando se declaró la Independencia Nacional y
Apure, junto con toda la Provincia de Barinas, se pronunció en su apoyo y estos
personajes perdieron influencia y poder. Pero la guerra se prolongó por
aproximadamente veinte años, quedando toda la administración pública dislocada
y hubo necesidad de comenzar su reorganización. A partir de 1830, con Páez a la
cabeza, surge un poderoso grupo terrateniente, que ha sido denominado por los
estudiosos de distintas maneras pero que he calificado como “Aristocracia de la Lanza”, debido a que
sus integrantes, en su mayoría, procedían de los “prohombres” de la revolución independentista, que ahora aparecen
aliados con algunos antiguos terratenientes coloniales que regresaron al país
una vez finalizada la contienda armada y conforman la llamada por Gil Fortoul
como “Oligarquía Conservadora” (entendiéndose
que era una élite que propugnaba por la conservación de los privilegios
coloniales, aun cuando muchos de sus representantes no podrían esgrimir un “Expediente de Limpieza de Sangre” como
el que exigían en la época colonial para optar a títulos nobiliarios).