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18 de diciembre de 2014

La Colonia Siria en Apure



LA COLONIA SIRIA EN APURE
Argenis Méndez Echenique
Cronista de San Fernando de Apure
ANH

       Con el propósito de enriquecer la información demográfica que doy en mi libro Historia de Apure (cuatro ediciones), desde hace cierto tiempo he estado trabajando en su ampliación. Así, en el 2002, publiqué el folleto Presencia Francesa en Apure (dos ediciones, una de ellas por el Ministerio de la Cultura en el 2008) y nuestra labor de búsqueda de datos se ha ampliado a las colonias italianas, alemanas, españolas (canarias, principalmente), portuguesa, chinas, entre otras. Ahora lo hago con los árabes, quienes en Apure se agruparon inicialmente en una asociación conocida como “Colonia Siria”, de la cual localicé su Acta de Fundación en San Fernando de Apure (27/07/1917). Este hecho de asociación está vinculado a nuestra historia regional debido a la relevancia económica y social de sus integrantes y, también, por sus aportes a la comunidad apureña. Un ejemplo de ello lo constituyó la donación del reloj para la antigua Iglesia Parroquial de San Fernando de Apure.
        
En el famoso periódico sanfernandino Letras (N° 160, del día 22 de Diciembre de 1917) leemos: “Ya está colocado en la torre de nuestro templo el magnífico reloj construido por el señor Ramón Méndez Figueredo, quien vino personalmente a encargarse del trabajo. Para el 31 próximo será inaugurado”. Este reloj, como ya señalamos, fue un obsequio de la Colonia Siria residente en Apure (bajo esta denominación se abrigaban todos los inmigrantes árabes que habían llegado a Venezuela, desde fines del siglo XIX).
       
 La Junta Directiva de la Colonia Siria de Apure se instaló el día 27 de Julio de 1917 y tenía como uno de sus objetivos el obsequio del reloj para la Iglesia de San Fernando (el Acta de Instalación fue publicada en Letras, N° 153, del 23 de Agosto de ese mismo año, cuyo texto es como sigue:
En la ciudad de San Fernando, capital del Estado Apure, a los 27 días del mes de Julio de mil novecientos diez y siete, reunidos en la casa de habitación del señor Chara Lattuf N., los señores Lisandro Ramos, Teófilo Bezara, Chara Lattuf N., Natalio López, Abelardo Cecín, Abelardo Lattuf, José Rujana, Assad Zraid, Elías Gapuz, Amín J. Abunassar, Jorge Zoppi, Antonio Dumith y Antonio Damas, con el objeto especial de constituir la Junta de la Colonia Siria, que ha de ocuparse del obsequio que a nombre de la Colonia Siria se ha ofrecido para el Gobierno y pueblo de San Fernando. Se procedió a formar la mesa preparatoria bajo la dirección del señor Lisandro Ramos, por ser el de más edad y sirvió de Secretario el señor Assad Zraid; constituida así dicha mesa, el señor Chara Lattuf N., debidamente apoyado propuso: que se proceda a elejir (sic) por votación nominal los miembros de la expresada Junta. Puesta en consideración la moción resultó aprobada y se nombraron escrutadores a los señores Natalio López y Elías Gapuz. Recojidas (sic) las votaciones resultaron electos por mayoría de votos para Presidente, el señor Teófilo Bezara; para Primer Vice – Presidente, Chara Lattuf N.; para Tesorero, Jorge A. Abunassar; para Vocales, todos los miembros que componen la Colonia Siria residente en esta ciudad que se encuentran presentes o que estén ausentes. En seguida se excitó a todos los miembros presentes a inscribirse en la lista respectiva, cada uno con la contribución que espontáneamente desea dar para así formar el capital y gastos que ha de ocasionar el costo del reloj ofrecido y demás gastos de inauguración, lo cual se hizo inmediatamente suscribiéndose los presentes y fijándose su cuota a los no presentes. A propuesta del señor Natalio López, se dispuso participar a todos los sirios residentes en el Estado de la resolución tomada para que contribuyan también a la adquisición de la obra iniciada por el Presidente Constitucional del Estado [general Vincencio Pérez Soto] y el Pbro. Serafín Cedeño C., Cura y Vicario de esta feligresía…. Firman los presentes:

El Presidente, Teófilo Bezara. El 1° Vice – Presidente, Lisandro Ramos; el “° Vice – Presidente, Chara Lattuf N.; el Secretario, A.J. Abunassar. Vocales: Natalio López, Abaham Bezara, Antonio Dumith, Antonio Damas, José Rujana, Félix Abraham, Assad Zraid B., Abelardo Lattuf N., Abelardo Cecin, Antonio Fares T., Elías Gapuz, Chagín Buaiz, Jorge Court, José Morales, Bezara Llaport, Bezara Camel, Gandur Gracia, Elías Camel, Blas Buiaz, Abraham Ramos, M. Abraham”.
      
 Era el tiempo en que se estaba iniciando la corriente migratoria del Viejo Mundo hacia América y todos los recién llegados querían demostrar su agradecimiento a los habitantes de estas tierras por su generosa acogida. Después llegarían los Bestene, los Jaua, los Mattar,  los Zoppi…, entre otros, que echaron raíces y se integraron a nuestra sociedad.  


Los Jaua Libaneses en Apure



LOS JAUA LIBANESES EN APURE
(Dedicado a la afectísima Misia Corina Mattar de Ramos, en sus 94 años de edad)

Argenis Méndez Echenique
Biruaca, 24/10/2014
  
Finalizando el siglo XIX llegó un numeroso contingente de inmigrantes extranjeros a Venezuela, que, luego de una corta estada en Caracas, se trasladaron al interior del país, buscando lugares más atractivos para sus actividades. Es la época de la explotación de la pluma de garza (“Oro Blanco”) en los Llanos, por lo que algunos  de ellos (alemanes, franceses, italianos, españoles, canarios, colombianos, chinos, árabes…),  van a probar fortuna al Apure, estableciéndose, principalmente, en las poblaciones ribereñas (la principal vía de comunicación de la época era la fluvial, a través del Apure y el Arauca, afluentes del Orinoco).
        
Entre los árabes que vienen al Apure, la mayoría sirio-libaneses (súbditos  de la “Sublime Puerta”, por lo que se les llamaba “turcos”), se cuentan apellidos (algunos castellanizados) como Abraham, Abunassar Bezara, Buaiz, Camel, Cecín, Damas, Dumith, Fagre, Fares,  Gracia,  Jaua, Lattuf, López,  Mattar, Medina, Morales, Raidi, Ramos, Rujana, Yapur, Zoppi, Zraid (Aray),  que hoy se confunden con los más criollos del medio venezolano.
Los Jaua
       
 A comienzos del XX, llegó a La Guaira, procedente del Líbano, Don José Jaua, acompañado de tres hijos varones: Elías, Jorge y Nicolás Jaua, estableciéndose en la región de Barlovento (Río Chico e Higuerote), donde, con tesonera labor, logra cierta holgura económica, que le permite  volver a su tierra y regresar, al poco tiempo,  acompañado de su esposa, Doña Neife.
        
A ellos llegan noticias de las grandes posibilidades comerciales que ofrece el Apure. Así, Jorge y Nicolás deciden dirigirse al Llano. Ya en San Fernando, observan que la mejor ubicación para sus negocios está en El Yagual, de estratégica posición geográfica, que les permitiría controlar el comercio de todo el Cajón del Arauca. Allí se establecen y  relacionan con casas importadoras y exportadores de Ciudad Bolívar, Caracas y las Antillas, como la H. Blohm, alemana. Todo un éxito.  Para afianzar su prestigio social, contraen matrimonio con damas de la sociedad local.
        
Jorge enlaza con Francisca (“Panchita”) Martínez Prada, hija de Don Indalecio Martínez, comerciante de la plaza, nativo del Tinaco, en Cojedes, y Doña Ana Rafaela Prada, de Guachara y ascendencia trujillana. El matrimonio Jaua – Martínez va a procrear una numerosa prole: Ronald, Jorge,  Edgar, Rogelio, Zenaida, Sobeida, Neife, José Nicolás y José Eduardo. Nicolás, por su lado, contrae matrimonio con Mercedes Fernández Stürüp, de ascendencia materna escandinava y de la élite social llanera. Ella, nativa de Guayabal, Guárico, era cuñada de don José Garbi Sánchez, hatero lugareño. Esta unión (Jaua – Fernández) no procreó hijos. Pero siempre existió un fuerte apego afectivo entre los hermanos Jaua y todas las decisiones las tomaban en conjunto.
       
 Los negocios iban “viento en popa”, permitiéndoles incursionar  en  los años 30  hacia la capital del Estado, donde fundan dos firmas comerciales, el Almacén “La Creación” y “Jaua &Co”. El establecimiento de El Yagual lo venden, hacia 1938, a Don Julio R. Utrera Arévalo, originario de San Sebastián de los Reyes, Aragua. La quiebra de la Bolsa de Nueva York comenzaba a hacer sentir sus estragos en la economía llanera: ya escaseaban los barcos y muchos insumos.
       
 Lo inesperado: fallece Don José Jaua, el padre. Los hijos menores  (Jorge y Nicolás) trasladan a la madre, Neife, al Apure, donde fallece el día 12 de Octubre de 1940, reposando sus restos en el viejo cementerio de Jobalito, en San Fernando.
      
Los Jaua Martínez crecen y estudian. En sus ratos de ocio participan en actividades sociales y deportivas: Ronald y Jorge  (“Coporito”) integran uno de los equipos de béisbol de prestigio: el “Cayaurima”, que dominicalmente enfrenta  a “Los Llaneros” y otros equipos locales,  en el viejo stadium de “Jobalito”... Luego, en los años 50,  la familia se trasladó a Caracas, donde incrementan sus relaciones sociales y comerciales; los hijos se profesionalizan y entroncan con distintas familias de la sociedad venezolana.
        
Desconocemos el momento de la desaparición física de los hermanos Jaua (Jorge y Nicolás); pero cuando fallece doña Francisca Martínez de Jaua, rodeada de hijos y nietos, en Caracas, el 27 de Junio de 1993, ambos eran ya difuntos.

17 de diciembre de 2014

Aproximación a una Genealogía Guariqueña en el Bajo Apure



LÍNEAS DE APROXIMACIÓN A UNA GENEALOGÍA GUARIQUEÑA  EN EL BAJO APURE A FINALES DEL SIGLO XIX Y COMIENZOS DEL XX: FAMILIAS ÁLVAREZ, DÍAZ, HERNANDEZ,  HURTADO, MIRABAL, MUJICA, PALACIO, PÉREZ, RODRÍGUEZ, VISO…



PONENCIA ante EL VIII ENCUENTRO DE CRONISTAS E HISTORIADORES DE VENEZUELA EN CALABOZO, en homenaje a la ORQUESTA INFANTIL Y JUVENIL "ANTONIO ESTÉVEZ" de Calabozo, con motivo de arribar a su XX Aniversario de Fundación (Días sábado 20 y domingo 21 de septiembre 2014).




“Pueblo que no sabe su historia es pueblo condenado a irrevocable muerte; pueden producir brillantez individualidades aisladas, rasgos de pasión, de ingenio y hasta de genio y serán como relámpagos que acrecenta mas y  más la lobreguez  de la noche”

(M. Menéndez y Pelayo).

       
 Trazar líneas genealógicas en un pueblo como el llanero apureño es tarea bastante complicada, debido a múltiples razones: inexistencia o desorganización de archivos que conserven el acervo documental regional, poca costumbre de registrar civil y eclesiásticamente las uniones matrimoniales, ignorancia o desmemoria en los integrantes de las familias habitantes de la región, carencia de bibliografía que trate el tema y otras tantas fallas. Además, hay que tener en cuenta que en el caso de las pocas familias de origen esclavo aparecen registradas con el apellido de sus dueños;  y, en el caso de la población indígena, al cristianizarse perdían sus nombres originales, adoptando en muchas ocasiones los nombres y apellidos de sus padrinos de origen europeo (casos muy frecuentes en Apure por su alto índice de población autóctona). La única ciudad apureña que puede esgrimir un Acta de Fundación, de acuerdo con los cánones hispanos, es San Fernando de Apure; las demás eran antiguas comunidades indígenas organizadas a la manera europea por los misioneros evangelizadores. 

       
 De allí que este ensayo, producto de la investigación que realiza el autor, desde hace varios años, sobre el devenir socio-histórico de la población de  El Yagual,  en el Bajo Apure, a orillas del río Arauca y escenario de una de las más famosas proezas del general José Antonio Páez contra las tropas realistas durante la Guerra de Independencia Nacional, puede contener, y doy por descontado que es así, una serie de vacíos y errores (la línea genealógica sólo se ha establecido con relación a la población criolla de origen europeo, porque era  la que quedaba inscrita en los libros llevados por la Iglesia Católica o el Registro Civil). De aquí la idea es enriquecer su contenido con los aportes que reciba de quienes  lean el ensayo y conozcan mejor sobre este tema genealógico.

      
 Nuestra exploración, en el campo demográfico, nos ha conducido a observar que Venezuela y los Llanos fueron ocupados originalmente por grupos étnicos de diferentes procedencias, que en nuestro caso  se manifiesta en pueblos achaguas (arawacos), caribes, otomacos, yaruros (pumé),  entre otros tantos que tomaron el territorio llanero apureño como escenario de sus correrías. Podría decirse que ese deambular comenzó  su declive en Apure hacia mediados del siglo XVIII, cuando comienza la invasión europea de manera sistemática, que  organiza las comunidades indígenas bajo los patrones urbanos hispanos.

        
Cuando a la Aristocracia Territorial Caraqueña de la época colonial, con fuerte asiento en Calabozo, le fue quedando estrecha la inmensidad llanera de la región centro-norte de Venezuela, tendieron su vista hacia el sur, más allá, hacia “la otra banda del Apure”, que consideraron tierras “inexploradas” por los europeos, pues los límites de la Provincia de Caracas, por el sur, llegaban hasta la margen izquierda del Apure, donde hoy se asienta Puerto Miranda, Municipio Camaguán, Estado Guárico; sin tomar en cuenta que estos espacios correspondían a otra entidad político – territorial (Provincia de Maracaibo, primero, y luego Provincia de Barinas, de 1786 en adelante) comenzaron su invasión a las tierras comprendidas entre el Apure y el Meta: “…antes del año de mil setecientos cincuenta y ocho emprendieron a su propia costa y con riesgo evidente de sus vidas y haciendo la pacificación y descubrimiento de las tierras del otro lado del Apure, así a la parte del Orinoco los que no se había pisado hasta entonces por español alguno”. AGI. Caracas, 399: 34v – 35 (Botello, 1998: 14).

      
 Pero antes de la llegada de los misioneros capuchinos andaluces, los pobladores de estas tierras eran catequizados por misioneros jesuitas, venidos del Virreinato de Santa Fe, que establecieron hatos y pueblos de misión a orillas de los ríos Orinoco, Capanaparo, Sinaruco y Meta, presentes hasta el momento de su expulsión de todo el Imperio Español por Carlos III,  en 1767. Aquí se observa fácilmente la falaz argumentación de los voraces “terracogientes” coloniales, entre quienes destacan Mier y Terán, Domínguez, Blanco y Ponte, Camacho, Gamarra, Hurtado, Marrero, Mirabal, Rodríguez, quienes se valen de sus influencias políticas, religiosas y socioeconómicas para darle cierto aspecto de legalidad a la usurpación que realizan en el Apure de entonces. Cuando se crea la Provincia de Barinas (por Real Cédula del 15/02/1786), que abarcaba   también el territorio apureño, se inician los conflictos.                                                                                                                                                                                              

Es deducible que el primer comandante militar y gobernador de la nueva entidad provincial, don Fernando Miyares González, funda la villa de San Fernando de Apure (Acta del 28/02/1788), con el propósito de contener los desafueros de los terratenientes caraqueños, además de controlar el comercio fluvial ilegal que  realizaban ingleses, franceses y holandeses hacia Guayana y las Antillas. Sin embargo, los Mier y Terán y Domínguez pretendieron en varias oportunidades desalojar a los sanfernandinos de sus tierras, asentados legalmente y poseían, incluso, una cédula real que le daba la categoría de villa a la comunidad recién establecida.

       
 Como es de observar, entre los primeros que incursionan en las tierras de “la Otra Banda del Apure” están prominentes figuras de la élite caraqueña, que  instalaron sus bases inicialmente en San Sebastián de los Reyes, para luego incursionar hacia San Carlos de Austria, Guanare y Calabozo, donde sentaron sus reales. Para ir más allá de sus límites tradicionales y legales, idearon establecer una punta de playa en las cercanías del Apure y fundaron la Villa de San Jaime, en jurisdicción barinesa, por lo que tuvieron que afrontar varios conflictos con el cabildo de Barinas. “En su mayoría procedentes de Calabozo, un considerable número de estos criadores eran a su vez amos de hato en otros partidos de los Llanos” (Rodríguez Mirabal, 1995: 18); pues, como dice nuestra recordada amiga y compañera de vicisitudes Irma Mendoza (2008): “Los Blanco Criollos monopolizan la propiedad de la tierra mediante la ocupación o transacciones de compra – venta”.

     
Los pleitos con estos terratenientes coloniales terminaron en 1811, cuando se declaró la Independencia Nacional y Apure, junto con toda la Provincia de Barinas, se pronunció en su apoyo y estos personajes perdieron influencia y poder. Pero la guerra se prolongó por aproximadamente veinte años, quedando toda la administración pública dislocada y hubo necesidad de comenzar su reorganización. A partir de 1830, con Páez a la cabeza, surge un poderoso grupo terrateniente, que ha sido denominado por los estudiosos de distintas maneras pero que he calificado como “Aristocracia de la Lanza”, debido a que sus integrantes, en su mayoría, procedían de los “prohombres” de la revolución independentista, que ahora aparecen aliados con algunos antiguos terratenientes coloniales que regresaron al país una vez finalizada la contienda armada y conforman la llamada por Gil Fortoul como “Oligarquía Conservadora” (entendiéndose que era una élite que propugnaba por la conservación de los privilegios coloniales, aun cuando muchos de sus representantes no podrían esgrimir un “Expediente de Limpieza de Sangre” como el que exigían en la época colonial para optar a títulos nobiliarios).